16 de junio de 2010

0096- EL MISTERIO DEL MUNDO Y LA VIDA.

Desde los hechiceros de las tribus más recónditas, hasta los representantes terrenales de las divinidades que actualmente se adoran en cualquier parte del mundo de hoy (todos igual de farsantes, a mi entender) han intentado aprovecharse de la ignorancia general, dando respuesta a las preguntas de la humanidad que mira perpleja la insignificancia de su presencia en un mundo del que nada sabe.
El que dice saber nada sabe tampoco, pero ve en la ignorancia y las ganas de saber de los demás, la posibilidad de lucrarse y lo hace sin miramiento alguno. No ahora que el mundo está más bien informado, sido desde el origen de los tiempos.
Ni el primitivo hechicero, ni el representante de ninguna de las religiones más modernas que pueblan la tierra, tiene respuesta alguna al hecho de que este mundo, en el que nos encontramos, sea único o puedan existir miles (millones incluso) iguales o parecidos en un universo que no parece tener fin.

Ni el más sabio de los mortales sabe nada al respecto, todo son conjeturas y teorías, suyas o adquiridas, que intentan (como el hechicero) dar respuestas a quienes les pagan el sueldo y las prebendas de todo tipo.
Nuestro pequeño cerebro (extraordinario si lo comparamos al de cualquier animal) es incapaz de asimilar cifras de ese calibre infinito que es el universo. Cuando hablamos de grande o pequeño nos referimos a números, a nivel astronómico tan ridículos que nos impiden calibrar más allá. No llegamos ni a lo que es un grano de arena, en la suma de todas las playas del mundo. De la misma forma, una simple lenteja sería en esa misma arena todo el universo conocido. ¿Puede alguien imaginar la grandiosidad de aquello de lo que estamos hablando?

Pues bien es ahí, justamente ante nuestra insignificancia, cuando tienen cabida los dioses. Es en ese preciso momento cuando empiezan las preguntas que, al no tener respuesta, solo son explicables por medio de algo celestial.
No importa cual sea, todos son igual de buenos para el creyente y todos son igual de malos sus representantes. Los humanos necesitamos tener explicación para todo y cuando ésta no es posible la suplimos con Dios, un ser sobrenatural posible creador de todo cuanto existe. Sin embargo en los últimos tiempos la humanidad ha evolucionado notablemente y las creencias han mermado en la misma proporción. Está demostrado que conocimientos y creencias van parejos, aunque inversamente proporcionales.

Sin embargo ante una desgracia todos miramos al cielo. (?) Queramos o no, la herencia de miles de años de ignorancia sigue presente en nuestro débil cerebro.
En mi curiosidad espacial mi mujer, en fecha señalada que no viene al caso, quiso hacerme un gran regalo comprándome un telescopio.
- Quiero uno bueno -le dijo al dependiente. A lo que éste le respondió:
- Señora, en este tipo de artículos no hay bueno ni malo. Una pregunta, si me permite... ¿Su marido tiene o ha tenido anteriormente otro telescopio? -preguntó el dependiente.
- No, no. ¿Por qué lo pregunta Ud.? -respondió mi señora.
El dependiente, honrado como se verá a continuación, le dijo:
- Mire Ud., para la curiosidad de su marido es suficiente con un telescopio de 60/80 mm. de lente. Con él verá lo mismo que con uno de de 120 mm. o mayor, solo que algo más pequeño.
Mi mujer no quedó demasiado convencida, pero se dejó aconsejar. Entre otras cosas porque, en esta clase de cosas, de un escalón a otro los precios se disparan que es una barbaridad.

El dependiente tenía razón. Ningún telescopio doméstico, sea cual sea su potencia, puede captar más allá del sistema solar.
Fuera del minúsculo mundo que forman los planetas de nuestra estrella madre, a la que denominamos Sol, solo pueden escudriñarse nebulosas y pequeños puntos de luz que son las estrellas de nuestra insignificante galaxia.
Yo, con ese telescopio que el vendedor aconsejó a mi señora como un regalo suficiente, he podido ver con mis propios ojos hasta el más mínimo detalle de nuestro satélite lunar; a Mercurio, Venus y Marte con toda precisión; el esplendor de Júpiter, con las franjas coloreadas que lo circundan y a sus cinco lunas. He visto también al majestuoso Saturno y sus esplendorosos anillos. Efectivamente, con un telescopio mayor hubiera podido ver todo esto con mayor detalle, pero no más allá.

El vendedor tenía razón, el más allá está demasiado lejos para verlo con un telescopio, especialmente si es doméstico.
Lo que si está claro es que el más allá existe y que a la velocidad de la luz, inimaginable para los más importantes físicos mundiales poder llevarla a la práctica, necesitaríamos miles de años para cruzar la pequeña galaxia de la que formamos parte.
Pues bien. Más allá hay cientos, miles, millones de galaxias.
Entre cada una de ellas igual o más distancia de la que nos separa de la más próxima.
Llegados a esta conclusión... ¿Qué pintamos nosotros aquí?.
Los científicos, a mi entender únicas personas cualificadas y sin interés económicos de por medio, nos repiten cada día que la vida, con diferencias sustanciales dependientes de los medios en los que se haya desarrollado, existe probablemente en cantidad incalculable en otros muchísimos planetas que, sin duda alguna, pueblan el cosmos.

Hay en la religión cristiana una reflexión (Polvo eres y en polvo te convertirás) a mi entender la más verídica que ésta pregona y que yo tergiversaré un poquito para adaptarla a la más entendible y cruda realidad: Somos una ínfima partícula (germinada) del universo y, tras la muerte, esta partícula vuelve a su estado natural (el agua al agua y el polvo al polvo). Formamos parte del planeta tierra y ésta del universo. Comemos cada día partículas de los seres que nos precedieron y bebemos cada día el agua de la que éstos estaban compuestos. No hay más. En cuanto a nuestro apego a la vida y nuestro ancestral deseo de que tras ella podamos disfrutar de otra nueva, perpétua y mejor... ¡Por favor!. ¿Es que todavía queda alguien que se lo pueda creer?. Pues, ¡qué suerte!.

RAFAEL FABREGAT

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