4 de noviembre de 2010

0189- ¿SIGUEN LOS HIPPIES EN IBIZA?.

Corría el mes de Agosto de 1.978 cuando, finalizadas las Fiestas de Cabanes y habiéndonos sabido a poco, nos desplazamos a San Mateo donde actuaba "Albano y Romina Power", ídolos de todos los tiempos pero en ese momento en el zenit de su carrera estelar. Subimos Fernando el de Eixau y su mujer Concha Falcó, Pepe el Poblatí y su mujer Solita la de Caricreu y un servidor Rafael el de Condill y mi mujer Montse la de Perdiu, ya todos casados y nosotros con dos hijas. La noche, a pesar de que Albano se presentó "cargado" y Romina ni siquiera hizo acto de presencia, la pasamos fenomenal. Tanto es así que de aquella velada surgió la idea de hacer un viaje a Ibiza, siendo el "problema" que las almendras estaban empezando a abrir y mucho sería el retraso en llevar a cabo el viaje. Sin embargo "se hizo la luz" en alguno de los presentes y aventuró que si el viaje se aplazaba, no se realizaría. Otro "iluminado" sugirió que la solución era hacerlo de inmediato y así quedó aprobado, citándonos todos a la mañana siguiente para bajar a Castellón a comprar lo necesario. 


Las palabras anteriores pueden haberle chocado a más de cuatro, pero es que lo comentado era hacer el viaje en las furgonetas que tanto Fernando, como tendero, y Pepe, como agricultor, tenían para sus respectivos trabajos. Así lo hicimos y a las nueve de la mañana del siguiente día estábamos las tres parejas en la casa de Fernando que ya tenía limpia y preparada su furgoneta para llevarnos de compras a Castellón. En aquellos tiempos las Grandes Superficies todavía no existían o, al menos, no en Castellón por lo que nos dirigimos a un gran supermercado que había en la Gran Vía, frente al Hospital Herrero Tejedor y que ya cerró muchos años atrás. Allí nos aprovisionamos de los víveres suficientes, no para la semana prevista, sino para muchos más. 

La cuenta subió nada menos que 25.000 pesetas. Un jamón y toda clase de embutidos, queso, legumbres y conservas de todo tipo, frutas, verduras, etc., etc. La furgoneta de Fernando llevaba asientos para cinco pasajeros, pero nos metimos los seis y todo el espacio sobrante en la parte trasera lo llenamos hasta los topes de cajas y bolsas con la compra realizada. Mientras esto ocurría Jose Vicente Beltrán, hermano de Artemiet el de Villanoveta y representante de una agencia de viajes, gestionó, para el día siguiente, los pasajes de los seis viajeros y de las dos furgonetas que teníamos previsto llevar. Una primera furgoneta llevaría a los "turistas" a conocer la isla y la segunta sería la de "intendencia" y la que acogería también el "servicio de habitaciones". 

Mi mujer y yo, más pobrecitos, tan solo llevábamos un colchón de espuma y una almohada, un juego de sábanas baratas, la lona del carro para la vendimia y una cuerda. Ese sería nuestro "hotel" mientras que las otras dos parejas dormirían cada una en su furgoneta. La compra de las viandas y los preparativos del viaje nos ocuparon todo el día y al finalizar éste todo estaba colocado en el lugar correspondiente. Nos despedimos y quedamos para la mañana siguiente. El barco no salía hasta las once de la noche pero, ya sumidos en la fiesta, salimos igualmente hacia Valencia y pasamos el día conociendo la capital. A la hora prevista embarcamos vehículos y viajeros y cada pareja ocupó el camarote asignado. Siete horas más tarde (ocho entre atraque y demás) llevaron a poner nuestros pies en la isla de Ibiza, lugar idílico del movimiento Hippie nacido en los años 60 y que tenía invadida por completo la isla en aquellos años. Nuestra idea era integrarnos durante una semana en esa forma de vida y por ello no tenía cabida la posibilidad de pernoctar en hoteles ni comer en restaurantes. 


Una vez desembarcados Fernando, más avezado en esas lides, propuso la instalación de nuestro primer campamento (siempre itinerante) en la playa d'en Bossa, lugar hippie por excelencia y así lo hicimos. Inmensa playa tras la cual, grandes dunas y pinada permitió la instalación sombreada de las furgonetas y el montaje de la "tienda de campaña" para mi mujer y para mí. Como he dicho antes se trataba de atar una cuerda al tronco de dos pinos y colgar por encima el toldo del carro que, atados los laterales a estacas clavadas en el suelo, formaba una especie de tienda de campaña, suficiente para colocar el colchón en el duro suelo donde pasar la noche. Ese mismo toldo, nos servía durante el día como sombraje donde comer o echar la siesta. 


Al atardecer montar la "tienda" era nuestro primer trabajo en cada una de las acampadas, al tiempo que en los pinos próximos colgábamos el jamón y los diferentes embutidos y viandas que era conveniente que se ventilaran. Grandes bombonas de plástico llenas de agua nos proporcionaban el líquido elemento para el aseo y cocina. Para las duchas encarábamos ambas furgonetas lo justo para que, abriendo la puerta del conductor de ambas quedase un recuadro con visibilidad cero y uno de nosotros subía encima de una de las furgonetas y con una regadera hacía las veces de ducha. La intimidad quedaba tan bien asegurada que en una de las ocasiones nos duchamos en una de las plazas más céntricas de Ibiza sin que nadie se percatase de ello. ¡Claro que eran otros tiempos...!

Algo nunca visto por nosotros en las diferentes playas, pero principalmente en la d'en Bossa, fueron las bellísimas muchachas que ya tomaban el sol y se bañaban completamente desnudas al tiempo que nosotros, embobados por el espectáculo, recibíamos codazos de nuestras mujeres. Queríamos integrarnos pero aquello nos superaba y ninguno de nosotros llegó nunca al despelote total. Por la mañana y tras el desayuno sin prisas, nos acercábamos a la orilla del mar donde algunos habían pasado incluso la noche. A ultima hora de la mañana volvíamos al "campamento" situado a 200 metros de las olas y preparábamos la comida. Por la tarde excursiones por la zona; Ibiza, San Antonio, etc.

Por el especial ambiente y su cercanía a Ibiza capital, en la playa d'en Bossa estuvimos dos o tres días, mientras que en el resto de lugares de acampada solo permanecimos una noche. Las otras dos parejas, cobijadas en sus furgonetas, no se enteraron de algunos de los problemas sufridos por nosotros ya que hormigas y mosquitos invadían nuestra "tienda" haciendo difícil conciliar el sueño. Los "ruidos y movimientos" de las furgonetas, situadas a escasos dos metros de nosotros tampoco ayudaban pero en fin, cuando uno es joven, los diversos "trabajos" del día (y de la noche), hacen que al final te quedes como un tronco. Ningún susto, ninguna visita imprevista a "nuestras instalaciones", nada que merezca comentario negativo alguno ocurrió en esa semana pasada en Ibiza. Solo tranquilidad, fiesta y buena convivencia entre los viajeros y amabilidad sin límites con aquellos autóctonos o viajeros como nosotros, con los que establecimos contacto en esos días inolvidables.

Al finalizar la escapada se impuso el embarque de regreso, esta vez diurno, que a media tarde nos llevó al puerto de Valencia. La aventura había finalizado y por la noche de ese día ya descansaríamos en nuestra casa. La vida es corta y la juventud, todavía más. No será nunca mi consejo avasallarlo todo, pero sí vivir la vida en la mayor plenitud posible. Por lo tanto naturalmente hay que trabajar, pero no hay que hacerlo para amasar fortunas, sino para poder darse algunos caprichos, impensables sin disponer del dinero suficiente. Naturalmente viajar a Ibiza y en las condiciones expuestas, fue sin lugar a dudas el más económico de nuestros viajes, pero la distancia del destino no lo es todo y el recuerdo posterior nada sabe de costes, sino de los momentos agradables vividos. Cerca o lejos, hay que viajar, conocer otras gentes, otras culturas y (a ser posible) conocer también una mínima parte de su historia, para poder apreciar su presente actual.

Nuestro pueblo (Cabanes) lo es todo para quienes hemos nacido y vivido aquí toda nuestra vida; sabemos de donde viene y a donde quiere llegar; su historia y posibilidades de futuro pero, a pesar de amar a nuestro pueblo, hay que salir y visitar nuevas tierras y nuevas gentes en la seguridad de que ello nos enriquecerá, e incluso nos hará un poco mejores.

EL ÚLTIMO CONDILL

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