15 de enero de 2011

0242- CABANES, UNA COLOSAL CHUCHERIA.

Como es fácil suponer, la entrada de hoy pretende hacer un recorrido por todos los locales donde se han vendido las populares chucherías.
De todos modos el autor, siempre irónico, aprovecha para recordar que Cabanes siempre fue un exquisito "caramelo" que, por culpa de unos y otros, no se llegó a saborear nunca. Siempre de espaldas al mar, mientras nuestros vecinos con la mitad de condiciones naturales para ello han multiplicado por mil la riqueza de su pueblo y de sus gentes, Cabanes todo lo vio pasar de largo. Aunque nos tocó la lotería (Marina d'Or) decenas de años después, seguimos siendo un pueblo de montaña, con toda su riqueza (litoral e interior) convertida en Parajes Naturales, una industria casi inexistente y un campo en total abandono. Personalmente me gusta y mucho el eslogan de nuestro anterior alcalde Siurana que dice: "Cabanes ho te tot" pero lamento decir que (a la vista está) Cabanes no tiene nada, o casi nada. 

Ciertamente hubo un tiempo en que nuestro pueblo lo tenía todo, sí... ¡pero todo se regaló!. En fin, basta por hoy de un tema que... ¡me hace subir la tensión y no es el que toca!.
En aquellos años del señor (Franco) y década de 1.950, años de poca luz (por las escasas y poco potentes bombillas que había en la vía pública) y mucho fango (porque llovía el doble que ahora y las calles no estaban asfaltadas todavía), afortunadamente España ya salía de la miseria y Cabanes también, aunque todo seguía escaseando... Yo, como todos los niños de entonces, daba una vuelta por las casas de los tíos (a ver si me daban algo) y ellos, verdaderos amantes de aquel niño huérfano y desvalido de apenas 6/8 años de edad, nunca me dejaban ir sin darme lo que podían. No era mucho y tampoco era siempre moneda de cambio, pero en fin... Un servidor, además de no tener madre, tampoco tenía familia apenas. Un tío materno y uno paterno, pero con los que mi padre no tenía relación. El resto era familia de 3º, 4º y hasta de 5º grado y esos "no interesan" para lo que voy a contar.

Después de mi madrastra, que me daba una peseta, con 2 reales agujereados (50 cts.) quien más me daba era mi tío Manuel el sastre, pero tenía que ir al Bar de Xulla (hoy Botiga de la Carn) donde jugaba la partida y esperar a que ganase. Si perdía se contrariaba mucho y me hacía esperar una hora o más. A veces, también su hijo Artemio me daba 10 cts. pero no era seguro; al pobre, tampoco le sobraban. Les seguían unas tías mudas (muy pobrecitas) que vivían en la calle del Calvario, enfrente de la pescadería, las cuales me daban 5 cts. los domingos normales y 10 cts. si era fiesta importante. La última tía (muy lejana) que me pedía que fuera a verla, vivía en la última casa de la calle Aljibe y me daba un puñado de nueces. También cuando me casé, esta tía me pidió que fuera a verla y me regaló un cucharón de porcelana y una jofaina, pero me dijo que no iría a la boda. Pero, en fin, ya estoy divagando... Caso de que todo saliera espectacularmente bien, que no recuerdo haya sucedido jamás, el máximo capital que podía reunir eran 1,70 pesetas y las nueces. 

Sin embargo, cuando no pasaba una cosa pasaba otra y lo único seguro era la peseta de mi madrastra que, aunque refunfuñando, siempre soltaba. Esto era siempre por la tarde de los domingos y fiestas de guardar ya que, durante la mañana, todo era gratis. Misa, catecismo, jugar y mirar los "cuadritos" de la película que echarían por la tarde en el cine, etc. Después de comer iba a buscar a los amiguitos y jugábamos o hacíamos la primera visita a la "tía Carmen", mayor de las cuatro hermanas que llevaban el "Bar del Fraret", en la Plaza del Generalísimo y cuya venta de chucherías tenía en la casa que unos años después sería "Tejidos Náger", si no la adyacente. La oferta no era muy variopinta pues ni siquiera los "chupachups" estaban inventados pero, en fin, había lo que había: caramelos de varios tipos, peladillas, bolitas de anís y los primeros chicles; también, como no, los típicos cacahuetes, altramuces, chufas y (en temporada) azufaifos o jínjoles.

La peseta volaba rápido y se imponía cerrar el bolsillo y acudir a la puerta del cine donde normalmente se entraba gratis, con un mayor. De la recaudación obtenida, algo había que guardar, puesto que también allí estaba Paulino vendiendo cosas y muy especialmente la pequeña gaseosa Beltrán que, al precio de 50 cts. Con los llenazos que había en el cine y el calor que se generaba, la gaseosa era totalmente imprescindible para no deshidratarse. Paulino dejó la actividad y trabajó de albañil y fontanero, casándose unos años después y marchando finalmente a Oropesa. Mientras tanto su puesto de venta en el cine lo explotaba Vicentica la Valenta que, posteriormente compró casa en la calle del "Planiol" (Ramón y Cajal), esquina con la calle Hospital e instaló allí su domicilio y lugar de venta permanente. Sin embargo las moscas van a la miel y al ver que con las golosinas se ganaba dinero, puerta con puerta, su vecina Consuelo la de Pan, hasta entonces con negocio de alpargatería, sumo a su actividad del calzado la de venta de chucherías.

Apenas duró un par de años pero, en lugar de cerrar, traspasó negocio y stock a Demetria la Petra que trasladó el negocio a su casa de la Plaza de José Antonio Primo de Rivera (hoy Plaça de la Constitució), prácticamente delante de la casa de Vicentica que, con el carácter algo más arisco, poco a poco acabó perdiendo su clientela. Con ella quedaba cerrado el capítulo de los exquisitos mantecados de vainilla, que ella misma elaboraba y que servía con un pequeño dispensador en varios tamaños y precios. Sin embargo la vida es dura y nadie goza de la tranquilidad total, tanto es así que muy pronto Carmen la de Simó, hermana de Ernesto el sabaté y también con negocio de alpargatas, introdujo el negocio de las chuches en el mismo local que tenía en la Plaza, ya entonces llamada dels Hostals. La diplomacia de Demetria era superior a la de Carmen pero (según todos dicen) la plaza es la plaza y las ventas de la segunda mermaron para la primera. El tiempo y la historia son imparables. Cerró Demetria y abrieron "els Conillets" (Manolo y familia) en los bajos de Ramón y Cajal, que después ocuparía el Estanco. 

También Solita la de Queral, probaría el negocio de "las chuches" en la misma calle, justo enfrente de "Tejidos Náger". Posteriormente cerraría Carmen la de Simó y abrirían Consuelito la de Selmo y su hermana Vicentica, en la misma plaza. Pero la guerra no había hecho más que comenzar. Aprovechando su proximidad con las instalaciones deportivas, colegio público y piscinas, el Bar Branto también hizo sus pinitos en la venta de chuches, en un pequeño local trasero, anexo al propio bar, pero duró poco tiempo. Unos años antes, Vicent el Ventorrillero (Menegas) había construido en un pequeño solar que tenía en la calle Sufera, frente al Branto, y su hija mayor (Montse la de Fura), aprovechando el cierre del Branto en esta actividad, abrió el nuevo negocio en esos bajos. Tampoco ese negocio duró, puesto que la competencia del centro de la localidad era dura y, para colmo, Esther Domínguez (hija de Pilarín la Paveta) abrió papelería y venta de chuches en los bajos de su domicilio en la calle Delegado Valera. No sé el dinero que tendrían por aquel entonces los niños de Cabanes, pero chuches no faltaban...

Cerró Solita la de Queral y también las hermanas Vicentica y Consuelito (les de Selmo). También Montse la de Fura lo haría un tiempo después, pero Cabanes no quedaría huérfano de las dulces gominolas. Eso era ya imparable. Abrió entonces uno de los más importantes locales al respecto y lo hizo Raquel la de Cona, en la plaça dels Hostals. Sin embargo, a pesar de disponer del mejor local de Cabanes y sin una clara competencia por parte de nadie, un par de años después cerró para marchar a Oropesa.
Hoy y desde hace ya 20 años o más, el único quiosco de la localidad y venta de toda clase de chucherías, es el "Quiosc de la Font" que, regentado por Tere la del barberet y su marido Miguel, está ubicado en los bajos de su domicilio en la plaça dels Hotals. Por lo visto se han afianzado en el negocio, convirtiéndolo en su forma de vida, por lo que creo que el pueblo de Cabanes tiene garantizado el suministro durante muchos años. Lo que empezó como una modesta actividad complementaria, se ha convertido en un serio y productivo negocio que, con apenas unos metros cuadrados, es capaz de generar ingresos suficientes para llevar (y bien) a una familia adelante. Así son las cosas. Grandes negocios cierran porque no pueden subsistir y otros minúsculos tienen interesantes beneficios... 

RAFAEL FABREGAT

No hay comentarios:

Publicar un comentario