11 de noviembre de 2013

1180- EL CÁLIZ DE CRISTAL.

No es el otoño la mejor época del año para hablar de vitalidad, pero la nostalgia primaveral y veraniega nos hace pensar en todo lo que cada año dejamos atrás en las estaciones donde el amor y la vida florecen y hacen que nuestro planeta se renueve constantemente. La primavera es por antonomasia la estación en la que flora y fauna renuevan todas sus esperanzas de continuidad, pero para los humanos ese disfrute sigue más allá, con la llegada del verano. Toda esa euforia, sin embargo, se ve frenada cuando observamos el cambio de color en montañas y campos que nos hacen despertar de nuestro ensueño. Tras el verano llega el otoño y con él todo se adormece, solo las bien amadas setas nos indican que la vida continúa. Pero tras ellas llegará también inexorable el crudo invierno. 

Las golondrinas marchan. Es el momento en el que sus nidos de barro son más duros que nunca pues ese húmedo cáliz de vida y amor se convierte en auténtico cáliz de cristal que permanecerá impasible esperando que la vida regrese el próximo año. No hay que desesperar. No es el fin del mundo, sino un simple letargo, un descanso necesario en la vida vegetal y animal, también agradable para la especie humana que no requiere de estación especial alguna para continuar con sus quehaceres diarios. Nosotros podemos seguir y seguimos. Encendiendo las modernas calefacciones o la tradicional y hogareña chimenea de leña, pero burlando en lo posible la climatología. Las amarillentas hojas indican eso sí que el mundo se adormece, que se prepara para soportar los duros fríos que se avecinan, pero no niegan la vida presente o futura que volverá sin duda con fuerza en la siguiente primavera. 

Los nidos de barro de la precoz golondrina, que posteriormente reutiliza el vencejo holgazán, casi cristalizan con el duro invierno, solitarios y endurecidos por el frío reinante, pero con las temperaturas de la amable primavera acogerán nuevamente a sus antiguos dueños que, sin precisar GPS, encuentran indefectiblemente su lugar año tras año. Diestros constructores que con un buchito de barro tras otro fabricaron su nido bajo los balcones y aleros de nuestra querida España. Con la suavidad de las temperaturas de Abril y Mayo la alegría volverá a inundarlo todo y especialmente los trinos de estos pájaros nos harán saber que el resurgir de la vida ha comenzado de nuevo. Naturalmente quien escribe no es poeta, que nadie espere palabras de gran sonoridad al respecto, pero es amante del amor y egoísta vividor de la vida.

Con la primavera y especialmente a finales de Mayo, los huevecillos del nido eclosionan y los padres marchan del nido en busca de alimento para sus crías. Frágiles pajarillos que dependen exclusivamente de lo que sus padres les traigan. Al atardecer, cuando ya el calor disminuye y los insectos vuelan despreocupados buscando el sustento, los responsables del bienestar de la prole surcan el cielo frenéticos cazando todo cuanto se ponga a su alcance. Es la ley de la vida. Unos mueren para que otros no desfallezcan. Un día más al anochecer todo acaba. Bien alimentados, los polluelos duermen satisfechos mientras sus padres darán unas últimas pasadas a fin de recoger los insectos que quedan y que necesitan para sí. Después regresarán a sus nidos buscando el merecido descanso y así un día tras otro, hasta que los pequeños puedan valerse por si mismos.

Ahora, claro está, con el otoño los nidos están vacíos y dispuestos a mantenerse impasibles y desafiantes ante el crudo invierno que se avecina. Como vasos en noche de sábado, su contenido ha desaparecido en busca de destinos más venturosos. Es normal pues que, de la misma manera que se añora el contenido del vaso festivo, lo haga también el de aquel que tanta dicha y admiración nos ha causado al contemplar aquellas frágiles cabecitas que asomadas al vacío piaban unos meses atrás esperando la llegada de sus mayores con los picos rebosantes de alimento. Que el nido vacío resista o no el invierno no es relevante. Si no es así tampoco pasa nada. Millones de nidos nuevos se construyen cada año por esta laboriosa especie de pájaros que alegran cada año nuestras primaveras. 

Queda eso sí la nostalgia, porque el nido de una golondrina es algo más que un montón de barro pegado bajo el alero de un muro. Su presencia, bajo las tejas repletas de hielo, nos dice que no hay que desfallecer, sino saber esperar. Como se ha dicho anteriormente, con la primavera resurgirá de nuevo la vida y las flores lo inundarán todo de nuevo. Esa ilusión es la que nos da nuevas fuerzas para seguir viviendo. Cuando se deambula por un camino yermo es lógico que, si se tercia, le demos una patada a una piedra sin vida de la que no obtendremos respuesta alguna, pero no hay que desesperar. Una piedra no es un nido vacío. A diferencia de la piedra, que nada es, ese cáliz de cristal abandonado de las golondrinas es la ilusión y la esperanza de que la vida resurja de nuevo. Y así será siempre, hasta el final de los tiempos...

RAFAEL FABREGAT

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