11 de marzo de 2015

1687- SANTA ANA DEL MONTE.

Interesante monasterio el de Santa Ana del Monte, que acoge exclusivamente a Padres Franciscanos en retiro espiritual. Esta ubicado en la ciudad de Jumilla (Murcia) tierra noble y de buenos vinos, que para nada refleja esta primera fotografía en la que ni están presentes sus viñedos, ni tampoco el Monasterio de Santa Ana que motiva el presente post. Sin embargo la foto panorámica de Jumilla es fantástica y no he podido resistir el impulso de abrir con ella esta entrada. Lo que la foto recoge es la Iglesia Mayor del Apóstol Santiago (s.XV) y allá en lo alto el Castillo del Marqués de Villena, también del mismo siglo XV. Fortaleza innecesaria por estar la península ya prácticamente reconquistada en esas fechas.


El Monasterio de Santa Ana del Monte es otra cosa bien distinta. Edificado el año 1573 junto a un manantial de aguas cristalinas, los PP Franciscanos han sido históricamente sus únicos moradores. Poco tienen, pero nada les falta. En esta serranía de 947 metros de altitud, alfombrada de pinares y yerbas aromáticas, solo la paz y el silencio se pasean entre el murmullo del agua y de la brisa. Con el paso del tiempo y con muchos sacrificios, durante el siglo XVII se construyó el claustro, el refectorio y el jardín con sus capillas. En el interior su orgullo es Santa Ana, madre de la Virgen María, y también el Cristo Amarrado (su nieto) pero también la biblioteca de más de 20.000 volúmenes y el preciado huerto que tantos frutos les proporciona.


Como es tradicional en cada segundo domingo del mes de Mayo, los romeros de Jumilla suben en peregrinación al Cristo Amarrado, desde la iglesia del Apóstol Santiago, en Jumilla, hasta el monasterio de Santa Ana del Monte donde tiene su residencia habitual. Casi cuatro horas de caminata donde los enebros y las carrascas saludan a los devotos romeros. Allá en lo alto, un corte en la montaña acoge una interesante población de buitres que miran con interés la peregrinación de fieles jumillanos. Por debajo no faltan los escurridizos jabalíes, el tímido venado y las mil madrigueras de conejos, taladradores de bancales y ribazos. Tampoco faltan en aquellos parajes la perdiz y los zorzales, así como el melodioso canto del ruiseñor. El Monasterio de Santa Ana del Monte bien merece sus melodías. 


Allí vivió algunos años San Pascual Baylón (1540-1592) pastor de ovejas hasta los veinte años, que pidió ingresar en la Orden Franciscana tras observar la aparición de Jesucristo en la Eucaristía. San Pascual murió en Villarreal de los Infantes (Castellón) donde se supone están sus restos y donde es Patrón muy apreciado. La leyenda cuenta que tras su muerte y durante la Misa de Requiem, en el momento de la Consagración, sus ojos se abrieron para adorar al Santísimo Sacramento. La Basílica de San Pascual Baylón de Villarreal fue incendiada durante la Guerra Civil Española. Los restos del Santo que actualmente se veneran dicen ser una parte de las cenizas del santo en aquel incendio. 

Con todas estas cavilaciones los romeros llegan en procesión con el Cristo Amarrado a la Columna. Allí, en el Monasterio de Santa Ana del Monte, los Padres esperan de buena mañana la llegada de los romeros. Como es común en este tipo de romerías, no solo Santa Ana y los frailes esperan a la multitud. Cientos de tenderetes con todo tipo de mercaderías también esperan ansiosos la llegada de los romeros, por ver si pueden vender sus productos y ganarse el sustento. En estas concentraciones no faltan sudafricanos que, sin permiso de trabajo ni residencia, han de ganarse la vida con mucho esfuerzo y no pocas penalidades.


Tras la recepción y la misa, los romeros sacan sus viandas y pasan la mañana en comunión con la naturaleza. Muchos de ellos incluso se quedan a comer y pasan todo el día por la zona. Después, cuando el sol empieza a bajar, cada cual marcha a su casa y allí quedan en silencio el Cristo y la abuela Santa Ana. Esa noche los frailes habrán de acostarse pronto pues las malas yerbas invaden el huerto y los pulgones se comen lor brotes tiernos de los frutales. No todo son rezos y plegarias. Con ruidos o en silencio, la vida sigue y en la medida de nuestras posibilidades hay que trabajar. Hasta el final, hasta cuando Dios quiera llamarnos a su lado...

RAFAEL FABREGAT

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